Viajes en familia. Burgos. 1992
1992 11 09 VIAJES MAMÁ. Papá, mamá, Pepe y Jorge. Monasterio de Piedra, Tarazona, Laguna Negra, San Millán de la Cogolla, Vinuesa, Covarrubias, Silos y Burgos.
Albacete viernes a 11 de Septiembre del 92
Ya tenemos todo el equipo preparado, con gran ilusión, en La Gineta. Toda una tarde de repaso de útiles de tiendas, cacharros, ropa y colchonetas. Recoger de la cabaña el camping gas, de arriba el de la luz y los pardos por si acaso, impermeables (dicen que está lloviendo por todo el norte).
Según el programa nos vamos por Tarazona de la Mancha, Quintanar y Almodóvar del Pinar a coger el camino forestal para llegar a la general de Cuenca a Teruel. Llegando a Albarracín no dio alegría recordar nuestras anteriores visitas y volvimos a gozar del placer que produce un conjunto tan admirable de piedras y edificios típicos, con sus calles empinadas y su pequeña plaza. El río Guadalaviar es tan atractivo que no podemos pasar sin hacer un alto. No somos nosotros solos, hasta los alemanes de la furgoneta “cacharro” tienen su hamaca a punto para sestear.
Nos sabe a gloria el arroz de retales y, después de ordenar los cacharros aclarados en la fuente adjunta, disfrutamos con gusto la sombra de los chopos que nos cobijan a la orilla del río truchero. No sabíamos que nos esperaba tal despertar.. azaroso y sobresaltado; cámaras, no sé si de la prensa o de la televisión, nos rodeaban prestando toda su atención a las saltarinas truchas que, después de ser protagonistas en los medios de comunicación, volvían doloridas por el anzuelo –digo yo- a la libertad de las aguas transparentes.
Camino del Monasterio de Piedra, llegamos a Nuévalos con un hermoso y amplio camping en el que nos decepciona el farol fantasma, sin luz. Cenamos.
-¿Qué tal Pepe?
-Bien. Con tres filetes y dos huevos tengo bastante.
A pesar del cansancio damos un paseo por el sendero luminoso que nos relaja, nos anima y nos devuelve el ánimo, haciendo la conversación alegre y fluída. ¿Un kilómetro o dos? Yo creo que me parecieron tres. En la primera butaca del bar, allí nos colocamos. El regreso fue rápido, la querencia de la colchoneta ¿Qué felicidad! Diez horas son suficientes, pero no sobran.
Recordaba el Monasterio de Piedra cuando se fue al Canadá la tía Desiré. No había nacido Fede, hace ahora 35 ó 37 años (¿1954?). No había paseos de cemento, sólo barro, y el recorrido era mucho más corto. Pepe se queja de los adelantos que nos facilitan la visita, pero es una gloria, ni se escurre uno en las cuestas resbaladizas, ni te da miedo caer al precipicio. ¡Es una maravilla! El agua hecha filigranas que me recuerdan las joyas de plata labrada de Toledo, con la mezcla de colores que sólo la naturaleza sabe combinar. Impresionan las cascadas llenas de energía, fuerza, belleza y grandiosidad, así como la musicalidad “in crescendo” de su caída. Te envuelve y te traspasa de tal manera que no te das cuenta de tu cansancio y te falta tiempo y campo visual para contemplar tanta belleza. La Cola de Caballo, la del Señor, la Santísima Trinidad y la Umbría, con sus verdes oscuros llenos de misterio.
La del Señor es amplia en superficie, pequeños hilos de agua cubren las piedras verdes, marrones y negras. A todas les da frescor y el encaje de sus festoneados saltos de agua no se quedan quietos sino que se funden en mil dibujos. La Santísima Trinidad: toda la potencia de un surtidor tan alto como no está nuestro espíritu, llena una cazuela de piedras que rebosa su gracia como la concha gigante de un peregrino. No se desperdicia nada. Una segunda concha más amplia, que debe representar al Hijo, recoge todo su caudal y lo reparte sobre nuestra humanidad minúscula que contempla extasiada como cae sobre un tercer recipiente de piedra, sobre nuestras cabezas y a gran altura todavía nos salpica y nos cubre con la lluvia en polvo que irisa el sol.
Nos impacientamos ante la gran cola que hay que esperar para bajar al recorrido final, un descubrimiento de un Excelentísimo Sr. Juan … de MDCCLX. Misterio… No sabemos qué nos vamos a encontrar: escaleras, escaleras, cuevas, pasillos y al final la Gran Gruta de la Cascada Iris. ¡Bien valía la pena la espera! Es como una gran catedral de piedra cuyo principal ornamento es el colorido de vegetales mezclado con tierras húmedas, secas, mojadas,… Los verdes claros de las plantas jóvenes y los verdes oscuros de las oquedades, la gran altura y la gran profundidad te dan una sensación de inmensidad y grandiosidad que te sientes minúscula e impotente.
¡Qué hambre! Tenemos que comer lo que sea, jamón y peras. ¿Cien o doscientos kilómetros? No sé. Mucha carretera. Ya está. Teo, esta es la tuya, baches, curvas, cuestas,… Le faltan piedras sueltas. ¡A ver! ¡A ver! No, este sitio, no. Hoy no hay tanta suerte como ayer. Comemos en Mesón. Sí. No. Tiene que esperar su turno, todo lleno. Al río, a lo nuestro. Espaguetis con jamón y chorizo y atún con cebolla y tomate. ¡Qué bueno! ¿Cómo no? Si son las tres. Sí sé. Filetes de lomo también.
Tarazona. ¡Uh, qué torres! Pero mañana será nuestra excursión, ahora al Moncayo. Ya se ve su mole de lejos. ¿Cómo será? Ya subimos por la ladera ¡Qué vegetación! Dice Pepe, que entiende un rato de eso, encinas, rebollos, pinos salvajes y no me acuerdo cuántas cosas más, pero espesos, altos, hermosos y tantísimos que da un poco de miedo perderse. Por si faltaba algo, el final de la carretera al Restaurante, Parador o lo que sea, de tierra. Nos dijeron en información –de aire- nos debieron decir estrecho, de piedras sueltas y para colmo un coche de frente. Tan empinado que me daba miedo que parase Pepe y luego seguir. Menos mal que a los cincuenta metros estaba este delicioso hospedaje. Cama, comida, simpatía y luz eléctrica para poder leer o escribir.
No se me podía olvidar nombrar las hayas y los abedules. Pero, según un experto, los mejores pobladores y los monumentos más excelentes son las rubias, dueñas de la Hospedería de Nuestra Señora del Moncayo, que superan corsos, aves de todas las altitudes, jabalíes, zorros, conejos,… etc.
No contaremos las miserias humanas a que fueron sometidos en la negra noche nuestros “nobles hidalgos” que nos obligaron a ser discretos en las siguientes andaduras y suprimir las migas de San Martín de Moncayo.
Nos dirigimos a Tarazona. Nos gusta la catedral que no se puede ver por las obras, las casas colgadas, le superan las de Cuenca en mucho. Lo que sí es digno de admirar y hay que descubrirse son sus torres mudéjares y todo el barrio con unos dibujos tan increíbles en sólo ladrillo, que su habilidad y fantasía hacen dignos de elogio a los artífices creadores de tanto arte. Las torres, esbeltas y majestuosas en su orgullo y su altivez, tan acompañadas de torretas y cuadraditos ajedrezados que falta tiempo para retener tanto detalle. Enfrente de la catedral nos cuentan de un palacio ajardinado que de paso visitamos, dirigiendo después nuestros pasos al Monasterio de la Veruela de Moncayo. Por fuera parece poca cosa, diríase que se trata de una simple cerca; pero dentro es otra joya escultórica, arquitectónica y pictórica. El claustro era románico con un lavatorio gótico hexagonal maravilloso y una iglesia preciosa gótico isabelina de tres naves con cinco navezuelas al final alrededor del ábside principal. Con un pórtico románico algo estropeado.
Salimos contentos y con hambre. Bien viene el paseo que, a lo largo de la carretera, nos invita a degustar nuestra simple vianda: arroz y garbanzos, jamón y melón. Se recrean los ojos con los gemelos chalets, sencillamente de buen gusto, con sus techos de pizarra casi hasta el suelo y sus blancas paredes y vayas de madera. Es el Paseo de Bécquer.
Seguimos con otros horizontes más lejanos pensando en los Picos de Urbión y Burgos. Como el camino es largo, pernoctamos en el campamento de Vinuesa en Soria. En Vinuesa nos aconsejaron visitar la Laguna Negra. Excursión a la montaña con sorpresa, casi no la encontramos con la flecha de la fuente y el prado horizontal, cuando hacia la laguna tenía que haber indicado vertical hacia arriba. Claro que nos sirvió para hacer piernas. Gracias a un simpático chico que nos descubrió la maravillosa superficie del agua reflejando la corona de rocas que la circundaban.
Ya tranquilamente, a más kilómetros, esta mañana veremos en San Millán de la Cogolla, el Monasterio de Suso y Yuso. Sí, sí. Esta mañana, a las dos. Después de lavados y centrifugados por los traqueteos del coche, llegamos muertos de hambre a San Millán, para colmo cerrado. Menos mal que es un precioso paraje en la cima de un monte, donde, pensándolo bien, hicimos nuestra comida. Mesas redondas de cemento (que se lo pregunten a mi pierna) con semicírculos para sentarse, y su fuente, bien visitada por Teo. En este monasterio estuvo San Millán. Era románico, muy pequeñito, por dentro no lo pudimos ver porque los lunes no abrían. El cemento sobraba, no nos gustó.
El de Yuso sí nos gustó. Es grandísimo con un claustro gótico precioso. El resto herreriano tardío, hermoso. La sacristía barroca del siglo XVIII. Muy bien pintado con los colores muy vivos y sin restaurar. Visitamos el de Valvanera. Estaba cerrado y era muy moderno. El paisaje cubierto de robles y encinas, con un pantano. Nos ayudaban a pasar nuestro día de excursión.
Mirando el reloj, no nos daba tiempo ni a llegar al campamento de Vinuesa, a 150 km. por Sala de los Infantes, para quitarnos traqueteos de curvas y cuestas, por los montes tan unidos , Cabeza del Sistema Ibérico. En la carretera de Soria ya era otra cosa, pero llegamos de noche a nuestro campamento, hechos polvo –según frase de Jorge-. Preparé una suculenta cena de solomillo para reparar ánimos. Pero lo que más agradecieron era dormir. ¡Qué placer! Aunque Pepe tenía un catarrazo de miedo. Le compramos miel. Mano de santo, hoy ya está perfecto.
Con alegría nos hemos levantado y estamos dispuestos a emprender el trabajo en terreno burgalés. Recogemos la tienda, bien barrida, ordenamos el equipaje, bien lavado, subimos al coche, bien limpio y nos sentamos nosotros, bien duchados. En Covarrubias, ya a las doce, queremos llevar las cosas bien, por lo tanto, al pie de la torre de Doña Urraca reponemos fuerzas. ¡Qué pan! No podemos verla porque es de un señor particular. ¡Qué cosas! Según la leyenda en esta torre murió Doña Urraca, encerrada por su padre Fernán González.
Otra sorpresa nos esperaba, la princesa Cristina de Noruega. Creíamos que se trataba de Doña Urraca, tan guapa y elegante, regalo de los noruegos a Covarrubias. La princesa Cristina se casó con un infante que tenía sueños de emperador. Creo que era hijo de Fernando III, pero la princesa murió a los 28 años. En el monasterio o Colegiata de Covarrubias hay un monumento con su sarcófago, acompañado de banderas, cintas, escudos y una campana que es suerte para las doncellas casaderas que quieran contraer nupcias.
SILOS. Claustro románico único en España por sus tres capiteles únicos en cordoncillos, bajorrelieves de las sagradas escrituras con escenas como Jesús con los discípulos de Emaús. Capiteles con los vicios y las virtudes, cruces procesionales, tapas de sarcófagos domo el de Santo Domingo de Silos. El sepulcro primitivo donde podían verlo los monjes desde fuera, pastor, estudiante de teología, párroco, monje de Suso, abad o prior. Ya habíamos visto el Monasterio de Silos, pero no nos importó recordar tanta belleza. El claustro románico es una preciosidad y aún más la iglesia.
Pepe invita, pero tenemos cuarenta kilómetros hasta Burgos.
-Corre, corre, que son las dos un media- ¡Qué hambre cada vez que piensa en el cordero asado! Se nos hace la boca agua.
A la catedral, pero ahora es pensando no en el arte, sino en la Casa del Cid, gran recopilación de casa antigua con artesanado en el techo, paredes de piedra y profusión de adornos, todos de buen gusto. En las habitaciones de Don Rodrigo el amable castellano nos abre el balcón para contemplar mejor la catedral. ¡Qué maravilla! Doña Jimena está, como en esos tiempos, en el piso inferior. A Pepe lo que más le llama la atención son los doce reyes castellanos, altos, bajos, rechonchos, pero todos dignos. Al mismo nivel están las dos torres que a mí me maravillan, sobre todo sus agujas mirando al cielo, llegando a levantar sus piedras como si de sus espíritus se trataran. Son oraciones que claman y adoran a su Dios. Son miles y miles sus llamas, su rosetón que llena la fachada principal y sus torres finas, con tantos arcos estrechitos y altísimos que recuerdan las torres venecianas.
Ya parecía que teníamos vistas todas sus maravillosas agujas, cuando en la parte posterior nos encontramos el cimborrio, maravilloso. ¡Qué pena! José el Albañil debió arreglar el torreón redondo con cemento. ¿Qué será, será?
No le damos mayor importancia a San Nicolás, pero al entrar nos maravillamos del encaje de piedra como si miles de puntillas festonearan su retablo. Santa Gadea, donde Alfonso VI le juró al Cid que no había tomado parte en la muerte de su hermano Sancho II, rey de Castilla. Al solar de la casa del Cid, emplazada en un magnífico paseo. Con tres escudos, rodeada de piedras . Emociona pensar que tenemos en el mismo suelo de tan gran señor. La subida al castillo es un verdadero asalto a la fortaleza. Por las encrespadas rocas, casi aprovechamos una hendidura de las murallas y sorprendemos a los habitantes de tan gran ruina.
Abandonamos Burgos por la puerta de Santa María. Ya estaba construida cuando desterraron al Cid. La ornamentaron en el siglo XV con una estatua del Cid, Carlos V y Fernán González (enterrado en la Colegiata de Covarrubias). En la parte de abajo está Laín Calvo y otros condes de Castilla.
Así es la Virgen, quieres una y te da tres. Santa María de Miraflores, recatada, serena, llena, LLENA de gracia. En el retablo, la Dolorosa. ¿Qué le consuela? Ni los ángeles, ni el sitio de honor que los hombres le dan. Sólo el ver a su hijo tan ultrajado, pero tan lleno de amor por nosotros.
-Madre, ahí tienes a tus hijos.
¡Cómo perdona la madre todos los ultrajes de sus hijos! Nos ama tanto porque tanto nos tiene que perdonar.
Y la Anunciación. ¡Qué pura, qué recatada, qué sumisa!
- Sí, mi Dios. Sí, tu sierva vivirá para ti, alegre, tranquila, sin miedo, sin preocupaciones. Sencillamente te ofrece su vida con lo que tu le des.
Un broche de oro para un feliz regreso. Gracias, Dios mío, por este espacio de gozo.
En Burgos a 16 de Septiembre de 1992.
Firmado: Celia.
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