Viaje en familia. Monfragüe. Arribes del Duero. Y otros.

Mamá. Villarreal de San Carlos. Parque Natural de Monfragüe. San Pedro de Alcántara. Arribes del Duero. Peña de Francia.

Ya estamos en Villarreal de San Carlos. Nos frustra que hayan emigrado tantos eucaliptus, con el gusto que daba ver los encinares. Sin embargo, no les hemos puesto peros a la ensalada, huevos y lomo. Papá, más sibarita, se toma su helado. Nosotros solamente nuestros cafés. Nos hacía ilusión la choza, pero con el plástico para no mojarse pierde frescor.

Vemos la película del ICONA y nos gusta más la fauna que la flora. Buitres leonados, cigüeña negra y común, jabalí, águila calzada, culebrera, real, imperial, búho elanio azul, milano, lince, gato montés, ciervo, conejo, liebres, pica pinos,… Es el Parque Natural de Monfragüe. El Castillo y capilla de las escaleras reparados por el párroco. Divino el paisaje desde el pórtico. 

No nos gustó dormir en el corral “los apriscos” para el ganado. ¡Bendito sea Dios! Que nos guió a través de unos caminos, montes y valles por ondulaciones y desfiladeros hasta el convento que habitó San Pedro de Alcántara, durmiendo en una piedra con un palo por almohada. Su sabiduría y santidad le sirvieron para ser consejero de altos personajes y muchedumbre de fieles. Estos Franciscanos no nos abrieron su claustro, desoyendo el sonido de nuestra campanada. Pero más alegría fue la nuestra cuando, instalando el campamento en un prado frente al monasterio “mini”, vimos llegar autobuses y coche. Al anochecer, después de muchas vacilaciones (Sí, no,… ) nos atrevimos a investigar la causa y he aquí que nuestra alegría – por lo menos la mía- fue inmensa. ¡Teníamos adoración nocturna! ¡Cuánto tiempo sin alabar públicamente a Dios! No fue completa; pero, rodeados del silencio de los montes, con la solemnidad de una noche estrellada y con luna, el Más Grande Creador se dejó manipular por las manos de sus sacerdotes y se nos muestra en la forma mística que adoramos con fervor y emoción.

A la una a dormir, si el mugido de las vacas nos deja. ¡Qué alegre despertar con el sol entre las encinas y los montes coronados de cruces.

En ruta, buen día de carretera aclarando los Arribes del Duero. Menos mal que los paisajes valen la pena. La comida en el Hotel Conde Don Rodrigo nos dejó satisfechos. ¿Dónde dormiremos esta noche? Dejad a Dios hacer y no le deis vueltas a la cabeza que nuestro padre sabrá donde llevarnos. ¡Por fin! Llegamos al camping y –cosa rara-  a todos nos complace. Debe ser por lo solos que estábamos o por el césped y los desmayos con grupos de flores que deleitan la vista. 

-¿Y Pepe? ¿Dónde se habrá ido? Se enfría la cena, son las diez y media. Seguro que anda por esos montes y ¿Quién sabe a qué hora volverá? Cenaremos y Dios dirá. 

¡Bendito sea Dios! No se ha perdido. Sólo son las once y ya está cenando.

Por la mañana los tres extranjeros que nos acompañaban abandonan el camping rápidamente. Después de ducharnos, con agua caliente y todo, emprendimos la empresa de llegar al extranjero. ¡Ya, la frontera! Pero Pepe se tendrá que esperar hasta que volvamos. Su pasaporte no está en regla. 

Buscamos A Posada Portuguesa y comemos arroz caldoso y ternera, que no está mal. Hoy no, no nos vamos a dar la paliza. Sólo unos kilómetros a Ciudad Rodrigo y al camping. No, al camping no. Hoy vamos a la Sierra, un viaje ligero desde las 3 hasta las 6 por montes de castaños, robles, rebollos, encinas, pinos y alguna que otra huerta en los vallecicos estrechos. Subimos, subimos, subimos y menos mal que en coche. La Peña de Francia, aquí está el santuario, austero, solemne, silencioso, añorando el olor de santidad que en otros días o en otros tiempos trajeron sus peregrinos ansiosos de besar, rezar, ofrecer a su Virgen de la peña escondida por miedo a los moros en las tierras de la Reconquista y encontrada por Simón Vela Juances. Ansioso por darle culto después de sus apariciones, la encuentra en la gruta y la sube a la peña más alta del Monte de Francia, le alza una ermitica; pero son tantos los peregrinos que los Dominicos tienen que ampliar la iglesia a la actual Basílica. Vienen rendidos por varios días o meses de camino y tienen que ir acomodándolos en las estancias, que se van ampliando. Ellos mismos ofrecen servir a sus compañeros unos quince días. Otros más o menos, los frailes tienen que aumentar para servir a los amantes de la virgen. Hay dos monasterios que en el tiempo de descanso se dedican a estudiar teología y todas las materias que la Orden cree oportunas. Los dos monasterios se ocupan y tienen que ir a Salamanca cuando las peregrinaciones son muy masivas.


La capilla de Santiago, la gruta de la Virgen, el pozo verde y el paisaje son motivo suficiente para hacer el peregrinaje. En las humildes habitaciones de los peregrinos vamos a dormir esta noche y sólo es necesario una simple cama, una rústica banqueta de madera vieja, un lavabo y una angosta ventana, que a duras penas da luz y aire, para quitar el olor a humedad. Pero uno es feliz, ve a Dios en esta pequeñez y en la grandiosidad exterior. ¡Qué bien se duerme con tanta tranquilidad! No opina así Pepe, que el frío le hizo despertarse.


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